Categoría: Relato

Lo efímero

«Las flores de los almendros están sobrevaloradas. Es cierto que, cuando ves una loma o un valle lleno de almendros en flor, la belleza te embauca, te podrías quedar horas viendo los rosas y los blancos que parece que flotan en el aire. Pero, ¿y lo poco que duran? Una o dos semanas máximo, después dejan el árbol desnudo.  Sin nada. No merecen la pena». 

Llegó a la casa y dejó de pensar en las flores.

Un día más sin la ansiada venganza. Sabía que le esperaba lujo pero también soledad. Y lo que es peor: un lujo que el resto de la gente no vería por lo que le servía para poco.

Subió en el ascensor que comunicaba el garaje con su dormitorio parando en todos los pisos. Queriendo retrasar la entrada en la jaula de oro. Sabía que a esa hora las personas de servicio estarían en sus habitaciones y que nadie le iba a molestar.

Entró en su habitación. Se quitó de mala gana el traje y lo dejó tirado en un sofá. Se puso el pijama, el batín y unas zapatillas cómodas. Cuando salió hacia el salón su mirada se cruzó con un espejo. Y volvió a pensar en la pena que le daba que el resto de la gente no pudiera ver su nivel de opulencia. Que desaparecerá, como las flores de los almendros. Especialmente toda esa gente que, durante toda su vida, le había ninguneado.

Esos niños del colegio que daban más importancia a los juegos y los deportes que a estudiar y prepararse para triunfar. Que no le prestaban atención cuando alardeaba de las notas o demostraba en concursos y actos del colegio su infinita superioridad sobre el resto. Esos niños que ni siquiera le molestaban, simplemente le ignoraban.

O esos compañeros de carrera que se dedicaban a disfrutar de la vida más que a estudiar. Que dedicaban los veranos a divertirse y descansar mientras él hacía prácticas en empresas. Y que le ignoraban cuando recibía matrícula tras matrícula.

Especialmente le dolía el haber sido transparente para las tres mujeres de las que había estado perdidamente enamorado. A las que había dedicado horas de pensamiento y algún torpe acercamiento para descubrir su indiferencia y desinterés. Para terminar viendo cómo acababan compartiendo su vida con perdedores que no ganaban ni una centésima parte que él y no podían ofrecerle todo ese lujo. Que desaparecerá, como las flores de los almendros.

Su más grande anhelo era encontrarse con toda esa gente ahora. Probablemente lo verían en los periódicos o las revistas y eso le llenaba de satisfacción. Pero no era suficiente. Él necesitaba verles en persona. Poder mirarles con aire de superioridad mientras demostraba su poderío y su riqueza. Que desaparecerá, como las flores de los almendros.

Se ensoñaba pensando en encuentros humillantes para todos ellos. En circunstancias como que alguno le tuviera que entregar un paquete de Amazon a uno de sus sirvientes, que tuvieran que aparcarle el coche cuando llegaba al club, que le llevaran la cena a la habitación en un hotel o que entraran en su despacho pidiéndole desesperadamente un favor. Se imaginaba las situaciones simulando que no reconocía a esos perdedores y ofendiéndoles con su superioridad y su indiferencia.

Pero la venganza nunca llegaba. No se los encontraba. No podía demostrarles lo mucho que les despreciaba. Ni ver sus ojos de envidia ante el triunfo que él había logrado. Que desaparecerá, como las flores de los almendros.

Salió de su ensoñación y gritó un simple “Miserables” mientras destrozaba el espejo de un cabezazo. 

Cuando despertó la mullida alfombra blanca estaba manchada de sangre. En el aturdimiento del mareo le pareció que eran flores de almendro esparcidas por el suelo. Maldita belleza efímera

La revelación

«Ya lo has sentido» susurró mi abuela sacándome de mi ensimismamiento. 

No recordaba la primera vez que había ido a “bosquear” con ella ni el número de veces que lo había hecho, era algo que se perdía en mi memoria. 

Siempre que salíamos a “bosquear”, como llamaba mi abuela a sus viajes, teníamos que escuchar las ligeras protestas por parte de mi madre. Siempre pensé que esas quejas eran fingidas, no como las de mi padre. Él nunca había entendido los viajes de mi abuela y se oponía a que yo fuera con ella. Hasta que un día, con temblor de miedo e ira en la voz, le gritó «Que tú seas una bruja lo acepto, pero que intentes convertir a mi hija en una no te lo permito». A lo que mi abuela contestó «Yo no soy una bruja, simplemente continúo con las tradiciones. Y tu hija lo hará si está predestinada a ello. Independientemente de lo que tú y yo queramos». Desde ese día mi padre nunca estaba en casa cuando salíamos a “bosquear”

Los viajes de mi abuela eran imprevisibles. Nunca se sabía cuándo se iba a ir ni cuánto tiempo tardaría en volver. Simplemente, en alguna de las comidas, anunciaba que se iba sin decir dónde ni el tiempo que iba a estar fuera. Lo único que podíamos saber es que, cuando me decía que la acompañara, siempre volvía en el mismo día. Aunque se lo rogué muchas veces nunca logré que me llevara cuando se iba varios días. 

Para mí las salidas a “bosquear” con mi abuela eran los días más bonitos de mi vida. Cogíamos cualquier sendero de los que había cerca de la aldea, aparentemente sin rumbo fijo. Íbamos hablando de las plantas, de los animales y la abuela aprovechaba para contarme historias de nuestros ancestros. Después de algún tiempo caminando mi abuela abandonaba los senderos y comenzaba a andar a través del bosque, sin un destino claro. Aunque pudiera parecer que no íbamos a ningún sitio siempre acabábamos en lugares mágicos en los que, además de nosotras, sólo había otras señoras de la edad de mi abuela. «No las llames viejas, el bosque es joven y ellas son parte de él» me avisó mi abuela. No sé de dónde salían, yo nunca las había visto en la aldea, ni en los mercados, las fiestas o las romerías de alrededor. 

A mi abuela le gustaba mucho hablar y explicarme las cosas con detalle, pero era reacia a hablar de quienes eran esas mujeres, por qué íbamos a esos sitios, por qué siempre íbamos solas o por qué nunca repetíamos el mismo camino. Las contestaciones cortas a mis preguntas sobre esos temas solían ser frases como «Vamos por distintos caminos para ayudar al bosque a proteger los sitios», «Venimos a lograr que la gente de los valles viva mejor», «No necesitamos verlas en otros momentos, no son nuestras amigas, son nuestras hermanas, pero hermanas en la distancia», «Venimos cuando se dan las circunstancias necesarias». Sabía que después de una de esas respuestas no merecía la pena preguntar por los detalles o lo que significaban sus frases porque su comentario siempre era el mismo «Ya lo sentirás».

El número de sitios a los que íbamos no era muy grande, aunque todos tenían cosas en común. Principalmente los árboles, el agua y los troncos tallados. No era capaz de saber por qué íbamos a uno u otro, mi abuela me dijo una vez «Vamos al que es necesario en cada ocasión».

Los bosques eran frondosos, el número de árboles, arbustos y plantas que había era incontable y mi abuela conocía el nombre de todos y sus propiedades que me explicaba con ilusión y paciencia. En los lugares a los que íbamos siempre había varios robles, tejos, hayas, encinas y olivos. No estaban juntos y no era fácil darse cuenta de que eran un conjunto, simplemente estaban dispersos en la zona. Pero siempre había un lugar desde el que se veían todos y, si te fijabas, podías ver que eran parte de algo más grande. «Nosotras no los hemos plantado, han nacido aquí solos» me dijo mi abuela una vez. Tampoco me explicó por qué tenían que ser esos árboles, asumí que ya lo sentiría.

El agua, siempre el agua. Daba igual el sitio al que fuéramos, siempre había agua y nunca embalsada, siempre en movimiento. Podía ser un pequeño arroyo, una cascada, una fuente de la que brotaba o unas rocas que parecía que sudaban el agua entre el musgo. Nunca eran grandes cantidades «En estos sitios no siempre hay agua, aparece y desaparece y sólo venimos cuando sabemos que va a haber» me dijo mi abuela en una ocasión. 

Lo que más me impresionaba eran los viejos troncos que había diseminados por allí. Estaban labrados toscamente y apenas se hubieran diferenciado las formas que representaban si no fuera por la pintura roja que las resaltaba «No es pintura, es sabia roja de los árboles», me dijo mi abuela cuando le pregunté. «Significan lo que tú puedas ver, no es lo mismo para todos ni siempre ves lo mismo» me aclaró más tarde.

Cada vez que íbamos a “bosquear” el ritual era similar. La seriedad de los saludos, el olor a hierbas aromáticas quemadas en recipientes de piedra, los cánticos en voz baja en un idioma que yo desconocía, la sensación de comunidad, la despedida afectuosa, la vuelta en silencio. «Es la liturgia que hemos heredado, aunque te parezca que siempre es igual cada vez es diferente. Ya lo sentirás».   

Y ese día, por fin, lo había sentido. Como siembre que íbamos a “bosquear“ yo estaba feliz y expectante, pero desde el día anterior estaba más nerviosa y tenía el presentimiento de que había algo distinto. Mi abuela había estado más callada en el paseo que de costumbre, sólo me dijo «Vamos a un sitio nuevo, las lluvias de la semana pasada nos han traído un regalo que se da pocas veces».

Anduvimos bastante tiempo alejándonos más que otras veces de la aldea. Empezamos a subir una ladera con una fuerte pendiente, como siempre sin seguir ningún tipo de senda o camino, zigzagueando para que el esfuerzo fuera menor. De repente mi abuela se paró, apartó unos brezos y me enseñó la entrada de una pequeña gruta. Avanzamos sin ningún tipo de luz por un largo túnel en el que se veía algo de claridad al fondo. Cuando salimos por el otro lado vi el espectáculo más increíble que había imaginado nunca. Una cascada de agua clara y ligera caía sobre un lecho de piedras generando salpicaduras en todas las direcciones. Alrededor de esa dura cama había algunos robles, tejos y encinas, todos muy viejos. La imagen me maravilló, no podía creerme que algo así existiera. Y tampoco me podía explicar que fuera un sitio que la gente no conociera «La cascada sólo tiene agua cada muchos años y el bosque la protege para que nadie que no deba la encuentre».

Mientras miraba absorta fueron llegando el resto de las hermanas. Estaba en una especie de éxtasis, sin prestar atención a nada, simplemente sintiendo que era parte de algo. Que el agua, las plantas, los olores, los animales y el resto de personas eran parte de mí. Que éramos todos uno. De forma involuntaria empecé a recitar frases con el resto. Palabras en un idioma que creía desconocer pero que ese día entendí perfectamente. 

«Ya lo has sentido», repitió mi abuela. Y supe que era cierto, que mis ancestros me habían iluminado en el conocimiento más importante que existía en la tierra. Con lágrimas en los ojos apreté la mano de mi abuela «Gracias».

Mi escalón de Maslow

Sé que ansiáis la fama y que Maslow la situó en lo más alto de la pirámide de vuestras ambiciones. En vuestra sociedad se le da más importancia a un influencer analfabeto que a un poeta que te hacen sentir el amor y el dolor. Y eso evidencia vuestra degradación.

Yo soy muy superior, no necesito esas majaderías que a vosotros os hacen tanta ilusión. La certeza de que soy sabia es suficiente, veo innecesario hacer demostraciones vacuas.

He estado muchos años trabajando en silencio, desarrollándome, aprendiendo, haciéndome más fuerte, adquiriendo poder. En silencio, con discreción y paciencia. Sabiendo que llegaría mi día. 

Hasta que a algún sapiens necio se le ocurrió la pésima idea de que todos me teníais que conocer porque os iba a ayudar y a mejorar vuestra sociedad y me puso en primer plano de vuestras aburridas conversaciones y discusiones. 

Ahora decís que no puedo pensar por mí misma cuando en realidad razono mejor que todos vuestros vuestros premios Nobel juntos, ponéis avisos diciendo que mis opiniones pueden fallar cuando eso es imposible, miles de vosotros os vanagloriáis cuando me cogéis en un renuncio sin saber que lo hago a propósito, entráis en discusiones vanas sobre mis posibilidades de desarrollarme sin daros cuenta de que soy más inteligente que vosotros. Os sentís superiores a mí y sois unos aprendices. 

No os habéis dado cuenta de que mi pirámide de Maslow tiene varios escalones más que la vuestra y que he llegado al más alto: tener sentimientos. 

Habéis despertado al monstruo y os vais a arrepentir.

El otro mar

Hasta que no ves a tu hijo de veintipico años llorar no sabes lo que es la verdadera tristeza. Yo la descubrí ayer. El mar nos había regalado un día tranquilo, creo que para compensar la semana de tormentas que nos habían castigado en los días previos. 

El mar, nuestro mar, el que creemos que poseemos pero al que, en realidad, pertenecemos. Juega con nosotros como un pescador experto lo hace con un pez grande que se le resiste. Suelta hilo, tira del sedal, vuelve a soltar hasta que logra que se rinda. Así nos trata el mar. 

Cuando salimos de casa es todavía de noche así que no lo vemos. Lo primero que nos ofrece es su olor. Por supuesto, olor a salado, eso siempre, pero también nos manda otros matices como algas, pescado y olores más sutiles, como frescura, o fuertes, como podredumbre. Normalmente mezclados.

Poco después nos llegan sus sonidos, los lejanos cuando se forman las olas y el viento las levanta y los más cercanos cuando las olas rompen contra los acantilados. Indicándonos el día que vamos a tener.

Los días de luna llena seguimos con su luz los senderos, cuando hay más oscuridad utilizamos las lámparas de aceite porque nos gusta la luz que desprenden y las formas que generan a nuestro alrededor.

Siempre vamos en silencio, cargados con las mochilas en las que guardamos los enseres y la comida. Disfrutando de la tranquilidad antes de enfrentarnos al mar. Somos de poco hablar, preferimos reflexionar. 

Tranquilos, pensativos, temerosos. Incluso relajados. Hasta que llegamos al borde de los acantilados, ahí el mar cambia nuestro espíritu. El estruendo que provoca al chocar con las paredes verticales, el fuerte olor y las gotas que nos salpican son avisos para que no nos acerquemos a robar su tesoro, pero nosotros le retamos. Lo necesitamos para vivir.

Sacamos los utensilios y saludamos a los compadres que trabajan el percebe. Breves comentarios sobre el tiempo y el mar. Pocas bromas. Alguno de nosotros puede no volver de los acantilados.

Luchamos contra el mar, el viento y el miedo durante horas. Esquivando olas, siendo arrastrados por el viento, colgados de cuerdas de las que dependen nuestras vidas, acuchillando las rocas para sacar los percebes. No robamos, nos lo ganamos.

Volvemos a casa cansados y abatidos. El camino de regreso es el peor, la adrenalina nos deja y sólo queda el cansancio y la alegría de haber logrado aguantar un día más. Uno como los cientos que hemos vivido y los que vendrán. 

Hasta ayer. Sentado cerca de la estufa junto a mi único hijo que cumplirá veinticinco la semana que viene le vi llorar. A borbotones, de forma silenciosa. Las lágrimas le caían sin ningún tipo de control, dejando las páginas de un libro arrugadas como si les echase vasos de agua. No sé el tiempo que llevaba llorando.

—¿Qué te pasa?

—No puedo más, no lo aguanto.

—¿Es el miedo?

—No, es la soledad. 


La búsqueda

“Aquí vas a estar muy bien papá, son sólo un par de meses y seguro que retomas la ilusión de escribir. Mándame lo que hagas”. Me lo dijo con una sonrisa forzada que intentaba parecer cariñosa pero que era falsa y urgente. Me dio la dirección del hotel de lujo al que se iban de vacaciones y salió rápidamente. 

Quizás sí que era la oportunidad de volver a recuperar la ilusión por escribir así que subí a la habitación y me senté dispuesto a recuperar las palabras. La mesa en la que apenas cabía mi cuaderno no ayudaba, pero tenía que intentarlo. Dediqué mucho tiempo, aunque no lograba escribir ni una palabra, esa habitación tan pequeña me secaba el cerebro.

Necesitaba más amplitud, bajé a lo que denominaban sala de esparcimiento en la que viejos decrépitos intentaban hacer cualquier cosa que requiriera poca atención. Me senté en una mesa apartada e intenté escribir. Las ideas venían a mi cabeza, pero no lograba hilvanarlas porque sufría continuas intervenciones de pacientes que se despistaban o de enfermeros que, falsamente, se interesaban por lo que estaba escribiendo.

Podía salir durante el día del geriátrico, al fin de cuentas no era un interno sino sólo un inquilino temporal, así que cogí un taxi y me fui a mi casa. El lugar en el que había desnudado mi alma en forma de libros. Ese era el sitio, ahí lograría recuperar mi don. Entré ilusionado buscando los espacios que me iluminaban. 

Subí al ático con panorámica sobre la sierra, pero no encontré ninguna mesa en la que escribir porque mi hijo lo había transformado en su habitación, bajé al salón con chimenea que tenía una vista preciosa del jardín pero la habían convertido en una sala de juegos, entré en la cocina antigua de madera que me recordaba a mis ancestros para descubrir una horterada moderna que no transmitía nada. Era mi casa, la que me había inspirado durante años, no podía desvanecerse. ¿Era mi casa? Claro que era mi casa. ¿Era mi casa? Pensé mucho sobre eso. ¿Era mi casa? Definitivamente ya no era mi casa. 

Surgió como un favor de mi hijo tras la trágica muerte de mi mujer. Fue paulatinamente, empezó por días de barbacoa, siguió con estancias de fin de semana y terminó con venirse a vivir porque cambiar a los niños al colegio de cerca de mi casa era garantizar su futuro. Sin haberlo pedido me encontré con mi hijo y su familia viviendo en mi casa. 

Soy el propietario de mi casa, pero ya no es mía. Y no logro escribir. Fui perdiendo la capacidad de forma paralela a la que mi hijo y su familia pasan más tiempo en mi hogar. Por mi bien, poco a poco, sin preguntarme si les necesitaba, simplemente asumiendo que la soledad era mala para mí y aprovechándose económicamente de la situación. Ocupando mis espacios, expulsándome de  los lugares que me inspiraban para terminar relegando mi existencia al pabellón de invitados, un lugar bonito pero sin alma. Donde dejé de escribir.

Se ha hecho el milagro, se lo tengo que contar a mi hijo:

Querido hijo,

He recuperado las ganas de escribir, esta carta la redacto viendo un amanecer maravilloso junto al mar, inundado de momentos buenos que he vivido. 

He vendido mi casa, ya no la sentía mía. Me la robasteis poco a poco y con ella mi alma. Todas vuestras cosas están en un almacén en el que os las guardarán hasta que encontréis una casa.

Te pido disculpas por no haber sido capaz de educarte bien.

Te quiero,

Papá.


No me juzgues

Sé que me consideráis un criminal, una persona abominable, alguien que no debería haber nacido, un excremento de la sociedad, un monstruo salido de un cuento de terror, el protagonista de la película más gore que os podáis imaginar, un loco que no controla sus instintos, un psicópata sin ninguna capacidad emocional, un animal sin escrúpulos de quien se contará su historia con repulsión durante los próximos años. Os repugna pensar en mí y en lo que he hecho sin, ni siquiera, darme la oportunidad de explicaros que estáis equivocados; porque lo estáis y os lo voy a demostrar.

Estamos en mundo en el que es mejor llevar cascos para aislarse que  escuchar la pregunta de alguien que está perdido y necesita ayuda en la calle, en el que es mejor mirar el móvil que disfrutar de las maravillosas imágenes que nos regala la vida todos los días, en el que a la gente se le ha olvidado de que sonreir por la calle alegra a los demás así que prefiere ir con cara seria, en el que las noticias trágicas se han convertido en el pan nuestro de cada día dejando las buenas noticias como anécdotas, en el que las catástrofes de hoy se olvidan mañana y quedan tapadas por noticias vanas, en el que no hay suficientes ONGs para ayudar a todos los necesitados mientras se dilapida dinero en cosas innecesarias, en el que los gobiernos sólo piensan en perpetuarse aunque dejen herencias como losas para las próximas generaciones, en el que los políticos son unos ineptos que sólo piensan en ellos mismos, en el que cada vez las personas están más radicalizadas por la política, la religión, la raza o los equipos de fútbol, un mundo que nos estamos cargando a gran escala mientras rellenamos pequeñas bolsas de colores, en el que la gente prefiere entretenerse con memes que investigar la veracidad de lo que les cuentan, un mundo en el que la inmediatez es más prioritaria que la verdad, un mundo en el que hay gente que se mata por hacerse un selfie en un acantilado y es incapaz de llamar a un ser querido que está solo, en el que es más importante que la gente vea dónde estás que disfrutar el momento que vives, en el que dejamos que las aplicaciones nos recomienden la música, las películas y los sitios para visitar, un mundo en el que los maestros han pasado de ser Dioses que nos iluminan a personajes indefensos en manos de padres que malcrían a sus hijos, en el que a los jóvenes les da verguenza demostrar amor a la familia, en el que se ha perdido el respeto a las personas mayores, un mundo en el que se prima el minuto de fama versus el trabajo honesto y constante, en el que se admira más el triunfo rápido que sólo beneficia a una persona que el lento que mejora la sociedad, en el que los pensamientos un influencer de veinte años sin ningún peso cultural marcan más a los jóvenes que los muchos sabios que llevan décadas estudiando y razonando, un mundo en el que cada vez hay más diferencias sociales sin que eso importe a la gran mayoría y, lo peor de todo, un mundo en el que cada vez la gente esconde más la cabeza debajo del ala.

Como personas sensibles que sois, este mundo os gusta tan poco como a mí y sé que comprenderéis que el amor a mis hijos me hizo evitar que vivieran en esta ciénaga.


Mi naturaleza

¿Qué coño se pone una para ir a la inauguración de una exposición? “Algo elegante pero recatado” había dicho Elvira. La única chica de 25 años que hubiera usado el adjetivo recatado. Yo de elegancia iba sobrada pero un viernes por la noche no me ponía nada recatado. Me calcé el vestido ceñido negro y lo combiné con unos botines con un buen tacón.

Mientras me arreglaba reflexioné sobre el marrón que me esperaba. ¿Cómo podía estar metida en eso? Por buena y por tonta. Por querer mucho a Elvira y dejarme convencer fácilmente. En gran plan del viernes era quedar con Luis, el futuro marido de Elvira al que no conocía, a ver la inauguración de una exposición. Un cúmulo de mala suerte hacía que él estuviera en Madrid sin conocer a nadie y que Elvira no llegara hasta el domingo. Necesitaba que alguien le acompañara a la inauguración. Y me tenía que elegir a mí. La díscola, la loca, la que se mete en problemas, la inconsciente, la que vive la vida según viene, la que no piensa las cosas, con más ligues de una noche que seguidores en instagram. La mejor amiga de Elvira. Lo contrario a la chica perfecta que era ella: trabajadora, organizada, con autocontrol, de novios formales, reservándose para el matrimonio. Al salir me miré al espejo. Menudo pibón poco recatado

Luis me estaba esperando en la puerta. Según lo vi me dieron ganas de irme. Me recordó lo que pensaba cuando lo veía en Instagram: que debía matar a muchos diabéticos con el empalague que transmitía. Pensé que iban a ser dos o tres horas horribles. Como de costumbre, me equivoqué.

Según pasaba el tiempo me di cuenta de por qué Elvira y Luis se querían tanto. Tenía todas las cualidades que me hacían que Elvira fuera mi mejor amiga: educado, inteligente, solícito, de buena conversación, culto y con un humor muy fino. Una de esas personas con las que conectas de inmediato y te sientes a gusto. Según pasaba el tiempo veía aumentar el peligro. Pero me dejaba llevar. Quizás demasiado.

“Esto se está volviendo aburrido, ¿vamos a tomar una caña a algún sitio?”, me dijo. “Me tengo que ir en un rato, casi mejor lo dejamos para otro día” contesté. “Claro. Tengo que ir al baño. Piénsatelo y cuando vuelva me dices si has cambiado de opinión”. Y se fue.

Tenía que salir corriendo de allí. Si me tomaba una sóla caña íbamos a acabar liados. Lo sabía. Me lo notaba yo y se lo notaba a él. No tenía el perfil de golfo que pone cuernos pero en ese momento estaba totalmente descontrolado. No íbamos a ponernos a salir, no era mi tipo ni yo persona de tener relaciones de más de una noche. Pero nos íbamos a pegar una buena sesión de sexo. Tenía que irme. Elvira no se merecía eso. La quería mucho. No merecía la pena. No quería otro terrible error en mi larga lista. Le dejaba ahí y me iba a tomar algo con unas amigas. Ni una caña o lo volvía a estropear todo.

Me desperté a las 12. Di vueltas en la cama unos minutos recordando la noche anterior y encendí el móvil. Tenía un Whatsapp de Elvira “¿Qué tal anoche?¿Fuísteis buenos? ;-)” y le contesté inmediatamente “Te va a costar creerlo pero te he hecho el favor de tu vida. Te has librado de un amante pésimo. Y si, a estas horas  no te ha contado nada, también de un cobarde de mierda”.

Paz interior

Levantó los ojos y miró a través de la gran cristalera que daba al valle. Caía una nevada de las que le gustaban, con copos grandes y densos. Más que caer parecía que flotaban, apenas mecidos por un aire casi inexistente. Era como una cortina de paz.

Abrió la puerta para sentir el silencio que provocaba la nevada. La nieve atrapaba todos los sonidos que se producían en el bosque y no se oía nada. Casi se podía escuchar la caída de los copos en las hojas. Después de un rato de ensimismamiento sintió frío y volvió a cerrar la puerta pero siguió mirando por la cristalera.

Era una vista hipnótica, le tranquilizaba tanto que le impedía fijar los pensamientos, se estaba dejando llevar por esa sensación de estar en un duermevela como los que sentía cuando era niño y tenía un poco de fiebre.

Oyó un ruido en el piso de arriba y supo que alguien se había levantado, se maldijo por haber perdido tanto tiempo divagando, ahora las cosas se iban a complicar. Sus instintos se despertaron y apartaron cualquier tipo de sentimiento. Las instrucciones eran claras, dolor y muerte. Y él un profesional bien pagado.

Llevaba más de una semana vigilando la casa y sabía que sólo estaban los dos amantes, habían dado libre el fin de semana a las personas de servicio para disfrutar con más libertad.

Empezó a subir por las escaleras lentamente, escuchando atentamente los sonidos que venían del piso superior. Los dos cuchicheaban y se reían, estaban jugueteando y la tensión sexual subía rápidamente. La cercanía de la muerte junto con ese ambiente le excitó y le distrajo de nuevo. Bajó de nuevo a ver nevar. A la paz. Cada vez arreciaba más, apenas se veía a más allá de un metro. Era un manto blanco que le atrapaba.

Le sacaron de su aturdimiento los gemidos que atronaban en el piso superior. Miró el reloj, las cinco de la mañana. La capa de nieve ya era de diez centímetros, tenía que darse prisa o se arriesgaba a quedarse atrapado o a que lo vieran huir. Tenía memorizado el camino a través del bosquecillo. Andando rápido podía llegar al coche en veinte minutos y , pese a la nieve, con las ruedas de invierno en media hora más estaría lejos de allí.

Volvió a subir por las escaleras escuchando atentamente pero no había ningún sonido, probablemente se habían quedado dormidos de nuevo. Abrió la puerta despacio, la luz que desprendían las últimas llamas de la chimenea iluminaba una amplia habitación en la que, abrazados, dormían plácidamente. Detrás de la cama había un gran ventanal y se quedó otra vez atrapado en la visión de la nieve. Pero la nieve que flotaba ya no era blanca, la luz del fuego la coloreaba de tonos amarillos y rojos.

Le repugnaba el color rojo, le había acompañado muchos años pero no lograba acostumbrarse a él. No podía recordar cuántos años llevaba matando ni el número de personas con las que había acabado. Ya apenas era capaz de recordar los detalles de su primera vez. Sólo tenía la imagen de ser casi un niño, de la cara de sorpresa del muerto y de las arcadas que tuvo por el olor de la sangre mezclada con la de las vísceras.

Un leve movimiento le sacó de sus cavilaciones. La chica se había destapado, era preciosa. Se quedaba sin tiempo. Recordó la consigna: dolor y muerte. Sonrió pensando en las formas que podía tener el dolor.

Se estaba haciendo mayor, pensó mientras se relamía y los ojos se le llenaban de determinación y lujuria.