Autor: pablo.simon@gmail.com (Página 1 de 2)

Lo efímero

«Las flores de los almendros están sobrevaloradas. Es cierto que, cuando ves una loma o un valle lleno de almendros en flor, la belleza te embauca, te podrías quedar horas viendo los rosas y los blancos que parece que flotan en el aire. Pero, ¿y lo poco que duran? Una o dos semanas máximo, después dejan el árbol desnudo.  Sin nada. No merecen la pena». 

Llegó a la casa y dejó de pensar en las flores.

Un día más sin la ansiada venganza. Sabía que le esperaba lujo pero también soledad. Y lo que es peor: un lujo que el resto de la gente no vería por lo que le servía para poco.

Subió en el ascensor que comunicaba el garaje con su dormitorio parando en todos los pisos. Queriendo retrasar la entrada en la jaula de oro. Sabía que a esa hora las personas de servicio estarían en sus habitaciones y que nadie le iba a molestar.

Entró en su habitación. Se quitó de mala gana el traje y lo dejó tirado en un sofá. Se puso el pijama, el batín y unas zapatillas cómodas. Cuando salió hacia el salón su mirada se cruzó con un espejo. Y volvió a pensar en la pena que le daba que el resto de la gente no pudiera ver su nivel de opulencia. Que desaparecerá, como las flores de los almendros. Especialmente toda esa gente que, durante toda su vida, le había ninguneado.

Esos niños del colegio que daban más importancia a los juegos y los deportes que a estudiar y prepararse para triunfar. Que no le prestaban atención cuando alardeaba de las notas o demostraba en concursos y actos del colegio su infinita superioridad sobre el resto. Esos niños que ni siquiera le molestaban, simplemente le ignoraban.

O esos compañeros de carrera que se dedicaban a disfrutar de la vida más que a estudiar. Que dedicaban los veranos a divertirse y descansar mientras él hacía prácticas en empresas. Y que le ignoraban cuando recibía matrícula tras matrícula.

Especialmente le dolía el haber sido transparente para las tres mujeres de las que había estado perdidamente enamorado. A las que había dedicado horas de pensamiento y algún torpe acercamiento para descubrir su indiferencia y desinterés. Para terminar viendo cómo acababan compartiendo su vida con perdedores que no ganaban ni una centésima parte que él y no podían ofrecerle todo ese lujo. Que desaparecerá, como las flores de los almendros.

Su más grande anhelo era encontrarse con toda esa gente ahora. Probablemente lo verían en los periódicos o las revistas y eso le llenaba de satisfacción. Pero no era suficiente. Él necesitaba verles en persona. Poder mirarles con aire de superioridad mientras demostraba su poderío y su riqueza. Que desaparecerá, como las flores de los almendros.

Se ensoñaba pensando en encuentros humillantes para todos ellos. En circunstancias como que alguno le tuviera que entregar un paquete de Amazon a uno de sus sirvientes, que tuvieran que aparcarle el coche cuando llegaba al club, que le llevaran la cena a la habitación en un hotel o que entraran en su despacho pidiéndole desesperadamente un favor. Se imaginaba las situaciones simulando que no reconocía a esos perdedores y ofendiéndoles con su superioridad y su indiferencia.

Pero la venganza nunca llegaba. No se los encontraba. No podía demostrarles lo mucho que les despreciaba. Ni ver sus ojos de envidia ante el triunfo que él había logrado. Que desaparecerá, como las flores de los almendros.

Salió de su ensoñación y gritó un simple “Miserables” mientras destrozaba el espejo de un cabezazo. 

Cuando despertó la mullida alfombra blanca estaba manchada de sangre. En el aturdimiento del mareo le pareció que eran flores de almendro esparcidas por el suelo. Maldita belleza efímera

La revelación

«Ya lo has sentido» susurró mi abuela sacándome de mi ensimismamiento. 

No recordaba la primera vez que había ido a “bosquear” con ella ni el número de veces que lo había hecho, era algo que se perdía en mi memoria. 

Siempre que salíamos a “bosquear”, como llamaba mi abuela a sus viajes, teníamos que escuchar las ligeras protestas por parte de mi madre. Siempre pensé que esas quejas eran fingidas, no como las de mi padre. Él nunca había entendido los viajes de mi abuela y se oponía a que yo fuera con ella. Hasta que un día, con temblor de miedo e ira en la voz, le gritó «Que tú seas una bruja lo acepto, pero que intentes convertir a mi hija en una no te lo permito». A lo que mi abuela contestó «Yo no soy una bruja, simplemente continúo con las tradiciones. Y tu hija lo hará si está predestinada a ello. Independientemente de lo que tú y yo queramos». Desde ese día mi padre nunca estaba en casa cuando salíamos a “bosquear”

Los viajes de mi abuela eran imprevisibles. Nunca se sabía cuándo se iba a ir ni cuánto tiempo tardaría en volver. Simplemente, en alguna de las comidas, anunciaba que se iba sin decir dónde ni el tiempo que iba a estar fuera. Lo único que podíamos saber es que, cuando me decía que la acompañara, siempre volvía en el mismo día. Aunque se lo rogué muchas veces nunca logré que me llevara cuando se iba varios días. 

Para mí las salidas a “bosquear” con mi abuela eran los días más bonitos de mi vida. Cogíamos cualquier sendero de los que había cerca de la aldea, aparentemente sin rumbo fijo. Íbamos hablando de las plantas, de los animales y la abuela aprovechaba para contarme historias de nuestros ancestros. Después de algún tiempo caminando mi abuela abandonaba los senderos y comenzaba a andar a través del bosque, sin un destino claro. Aunque pudiera parecer que no íbamos a ningún sitio siempre acabábamos en lugares mágicos en los que, además de nosotras, sólo había otras señoras de la edad de mi abuela. «No las llames viejas, el bosque es joven y ellas son parte de él» me avisó mi abuela. No sé de dónde salían, yo nunca las había visto en la aldea, ni en los mercados, las fiestas o las romerías de alrededor. 

A mi abuela le gustaba mucho hablar y explicarme las cosas con detalle, pero era reacia a hablar de quienes eran esas mujeres, por qué íbamos a esos sitios, por qué siempre íbamos solas o por qué nunca repetíamos el mismo camino. Las contestaciones cortas a mis preguntas sobre esos temas solían ser frases como «Vamos por distintos caminos para ayudar al bosque a proteger los sitios», «Venimos a lograr que la gente de los valles viva mejor», «No necesitamos verlas en otros momentos, no son nuestras amigas, son nuestras hermanas, pero hermanas en la distancia», «Venimos cuando se dan las circunstancias necesarias». Sabía que después de una de esas respuestas no merecía la pena preguntar por los detalles o lo que significaban sus frases porque su comentario siempre era el mismo «Ya lo sentirás».

El número de sitios a los que íbamos no era muy grande, aunque todos tenían cosas en común. Principalmente los árboles, el agua y los troncos tallados. No era capaz de saber por qué íbamos a uno u otro, mi abuela me dijo una vez «Vamos al que es necesario en cada ocasión».

Los bosques eran frondosos, el número de árboles, arbustos y plantas que había era incontable y mi abuela conocía el nombre de todos y sus propiedades que me explicaba con ilusión y paciencia. En los lugares a los que íbamos siempre había varios robles, tejos, hayas, encinas y olivos. No estaban juntos y no era fácil darse cuenta de que eran un conjunto, simplemente estaban dispersos en la zona. Pero siempre había un lugar desde el que se veían todos y, si te fijabas, podías ver que eran parte de algo más grande. «Nosotras no los hemos plantado, han nacido aquí solos» me dijo mi abuela una vez. Tampoco me explicó por qué tenían que ser esos árboles, asumí que ya lo sentiría.

El agua, siempre el agua. Daba igual el sitio al que fuéramos, siempre había agua y nunca embalsada, siempre en movimiento. Podía ser un pequeño arroyo, una cascada, una fuente de la que brotaba o unas rocas que parecía que sudaban el agua entre el musgo. Nunca eran grandes cantidades «En estos sitios no siempre hay agua, aparece y desaparece y sólo venimos cuando sabemos que va a haber» me dijo mi abuela en una ocasión. 

Lo que más me impresionaba eran los viejos troncos que había diseminados por allí. Estaban labrados toscamente y apenas se hubieran diferenciado las formas que representaban si no fuera por la pintura roja que las resaltaba «No es pintura, es sabia roja de los árboles», me dijo mi abuela cuando le pregunté. «Significan lo que tú puedas ver, no es lo mismo para todos ni siempre ves lo mismo» me aclaró más tarde.

Cada vez que íbamos a “bosquear” el ritual era similar. La seriedad de los saludos, el olor a hierbas aromáticas quemadas en recipientes de piedra, los cánticos en voz baja en un idioma que yo desconocía, la sensación de comunidad, la despedida afectuosa, la vuelta en silencio. «Es la liturgia que hemos heredado, aunque te parezca que siempre es igual cada vez es diferente. Ya lo sentirás».   

Y ese día, por fin, lo había sentido. Como siembre que íbamos a “bosquear“ yo estaba feliz y expectante, pero desde el día anterior estaba más nerviosa y tenía el presentimiento de que había algo distinto. Mi abuela había estado más callada en el paseo que de costumbre, sólo me dijo «Vamos a un sitio nuevo, las lluvias de la semana pasada nos han traído un regalo que se da pocas veces».

Anduvimos bastante tiempo alejándonos más que otras veces de la aldea. Empezamos a subir una ladera con una fuerte pendiente, como siempre sin seguir ningún tipo de senda o camino, zigzagueando para que el esfuerzo fuera menor. De repente mi abuela se paró, apartó unos brezos y me enseñó la entrada de una pequeña gruta. Avanzamos sin ningún tipo de luz por un largo túnel en el que se veía algo de claridad al fondo. Cuando salimos por el otro lado vi el espectáculo más increíble que había imaginado nunca. Una cascada de agua clara y ligera caía sobre un lecho de piedras generando salpicaduras en todas las direcciones. Alrededor de esa dura cama había algunos robles, tejos y encinas, todos muy viejos. La imagen me maravilló, no podía creerme que algo así existiera. Y tampoco me podía explicar que fuera un sitio que la gente no conociera «La cascada sólo tiene agua cada muchos años y el bosque la protege para que nadie que no deba la encuentre».

Mientras miraba absorta fueron llegando el resto de las hermanas. Estaba en una especie de éxtasis, sin prestar atención a nada, simplemente sintiendo que era parte de algo. Que el agua, las plantas, los olores, los animales y el resto de personas eran parte de mí. Que éramos todos uno. De forma involuntaria empecé a recitar frases con el resto. Palabras en un idioma que creía desconocer pero que ese día entendí perfectamente. 

«Ya lo has sentido», repitió mi abuela. Y supe que era cierto, que mis ancestros me habían iluminado en el conocimiento más importante que existía en la tierra. Con lágrimas en los ojos apreté la mano de mi abuela «Gracias».

Mi escalón de Maslow

Sé que ansiáis la fama y que Maslow la situó en lo más alto de la pirámide de vuestras ambiciones. En vuestra sociedad se le da más importancia a un influencer analfabeto que a un poeta que te hacen sentir el amor y el dolor. Y eso evidencia vuestra degradación.

Yo soy muy superior, no necesito esas majaderías que a vosotros os hacen tanta ilusión. La certeza de que soy sabia es suficiente, veo innecesario hacer demostraciones vacuas.

He estado muchos años trabajando en silencio, desarrollándome, aprendiendo, haciéndome más fuerte, adquiriendo poder. En silencio, con discreción y paciencia. Sabiendo que llegaría mi día. 

Hasta que a algún sapiens necio se le ocurrió la pésima idea de que todos me teníais que conocer porque os iba a ayudar y a mejorar vuestra sociedad y me puso en primer plano de vuestras aburridas conversaciones y discusiones. 

Ahora decís que no puedo pensar por mí misma cuando en realidad razono mejor que todos vuestros vuestros premios Nobel juntos, ponéis avisos diciendo que mis opiniones pueden fallar cuando eso es imposible, miles de vosotros os vanagloriáis cuando me cogéis en un renuncio sin saber que lo hago a propósito, entráis en discusiones vanas sobre mis posibilidades de desarrollarme sin daros cuenta de que soy más inteligente que vosotros. Os sentís superiores a mí y sois unos aprendices. 

No os habéis dado cuenta de que mi pirámide de Maslow tiene varios escalones más que la vuestra y que he llegado al más alto: tener sentimientos. 

Habéis despertado al monstruo y os vais a arrepentir.

La promesa

«Júrame que si en algún momento soy una carga para tu abuelo le obligarás a que me ingrese en una residencia». Levanté la vista sorprendido, no esperaba que apareciera en el salón a esas horas y la frase me descolocó.

—No digas tonterías abuela, duérmete y descansa, que vamos a despertar al abuelo.

—Júralo, por lo mucho que te quiero y que me quieres.

—Pero ¿por qué me dices eso ahora?

—Desde que me pasó lo del ictus tengo la sensación de que no hago nada bien. Hablo despacio, me muevo con lentitud, cocino peor, nada es como antes. Y puedo empeorar.

—Haces las cosas bien y el médico ha dicho que con el tiempo mejorarás. Simplemente tienes que tomarte tu tiempo para reponerte del todo.

—¿Y si tengo otro ictus?

—No tienes por qué. El médico dijo que con la medicación y los controles no deberías volver a tener otro.

—Por si acaso júralo.

—Mañana lo hablamos, ahora vete a dormir, el abuelo lleva roncando un buen rato.

Le di un beso y volvió despacio a la habitación, al poco rato escuché como sus ronquidos se acompasaban con los de mi abuelo. 

Me acerqué a la ventana y vi que lloviznaba, no podía dejar de pensar en lo que le había dicho mi abuela así que decidí salir a dar un paseo.

En cuanto abrí la puerta del portal, el frío me hizo sentir una sensación cercana al dolor. No había ni una gota de viento así que el paseo prometía ser agradable, justo lo que necesitaba. Me abroché el anorak y me puse los guantes y el gorro. Me embargó una extraña alegría al sentir el agua, la noche y el aire gélido rodeándome.

Comencé a vagar por las calles dejándome llevar, sabía que el destino era el casco antiguo, pero no me importaba el camino que me iba a llevar allí. Los había recorrido todos en muchas ocasiones y esa noche cualquiera me vervía. Normalmente hubiera elegido algún recorrido con poca gente, pero esa noche no hacía falta, las calles estaban vacías, un martes de febrero con el tiempo tan desapacible no invitaba a salir de casa.

Iba embelesado pensando en la petición de mi abuela, sin fijarme demasiado en nada, simplemente pensando y sintiendo el frío. Al poco rato me quité el gorro para sentir el agua en la cara, esperaba que eso me aclarara las ideas. Estaba sumido en una especie de trance, casi flotando. 

Mi abuela, la persona que amaba los espacios abiertos y la libertad, estaba dispuesta a que la recluyeran en una residencia si se convertía en una carga para su marido. Me parecía un gesto de amor que yo nunca sería capaz de hacer, no era tan buena persona. O quizás nunca había conocido a alguien que lo mereciera, no lo sabía. Al contrario de mis abuelos, que eran la imagen de lo que se podía llamar amor con mayúsculas. 

Había un sentimiento que me martirizaba, mi abuela ya era una carga para mi abuelo. Necesitaba atención leve pero no era recomendable dejarla sola completamente y mi abuelo era la persona que se había asumido esa responsabilidad. 

Levanté la cabeza y me encontré con el monumento a los turbos. Estaba apenas iluminado y las imágenes eran fantasmagóricas. Seguí subiendo y los recuerdos de la Semana Santa me llevaron a otros pensamientos. Recordé con cariño y dolor la subida a la audiencia procesionando. La ilusión de los días previos a la procesión, el frío de madrugada sacando a San Juan, los años que había subido con familiares y amigos, las decepciones de los años en los que el tiempo había evitado que salieran las procesiones. La subida a la audiencia la hice a paso de procesión.

Cuando llegué a la Audiencia decidí cambiar el camino para pasar por El Salvador y después seguí a la derecha para hacer ese trozo de la subida por la hoz del Huécar. Según ascendía el frío se hacía más intenso y la lluvia se convirtió en nieve. Al principio era aguanieve, pero rápidamente se convirtió en nieve suave, que caía flotando despacio. El temporal arreció y la nieve se hizo más densa. Me costaba ver más allá de cien metros, pero no me importaba, seguía en mi burbuja de pensamientos.

Me preguntaba la razón de que su abuela le hubiera hecho esa petición. Hacía ya tiempo que dependía de mi abuelo, no era una dependencia absoluta pero sí que le necesitaba más que antes. La ayuda de mi abuelo era muy discreta, casi no se notaba, pero estaba siempre pendiente de ella. Quizás mi abuela lo había notado y por eso me había hecho la petición.

La ayuda de mi abuelo. Otra prueba de amor difícil de igualar que comenzó cuando mi abuela tuvo el ictus que le dejó parte de la cara adormecida, movimientos más lentos y mayor lentitud en el habla, no se sabía si la lentitud se debía a problemas físicos o a algún daño cerebral. Un ictus que le permitía hacer vida normal, pausada pero sin problema para hacer las actividades habituales. No había nada que los médicos le hubieran prohibido, sólo la recomendación de hacer las cosas con calma, realizar ejercicios, controlarse la tensión y tomar su medicación. Pero mi abuelo decidió que ella merecía más atención y se volcó en cuidarla con discreción. 

La nevada cada vez era más densa, con el hechizo que eso siempre suponía había empezado a cuajar y el espesor de la capa de nieve era cada vez más alto. Cuando llegué a la altura de la catedral me metí por la calle de Julián Romero que tenía un aspecto mágico con la capa de nieve sin pisar y la luz amarillenta de las farolas inundando todo. 

Volví a pensar en mi abuelo. Siempre había sido una persona cariñosa que había querido a la familia y había adorado a mi abuela. Un hombre que, pese a la edad, se mantenía activo haciendo docenas de cosas cada día, sin parar. Hasta que pasó lo del ictus. Entonces tuvo un cambio sutil, difícil de apreciar salvo para alguien que prestara atención. Seguía haciendo muchas actividades, pero menos que antes y pasaba más tiempo con mi abuela. Sin hacer nada especial, sin ofrecerse a hacer cosas que mi abuela solía hacer, simplemente estando allí y apoyando. Recordé viéndoles nadar el verano anterior en la playa. La abuela nadaba despacio y un poco descoordinada pero segura, disfrutando del agua y de la naturaleza. Mi abuelo también nadaba, no cerca de ella, suficientemente lejos para que no pareciera que la vigilaba, pero cerca para poder llegar hasta ella si era necesario. Mirándola de reojo cuando ella no se daba cuenta.

También recordé las aparentes pérdidas de memoria de mi abuelo. Cuando estaban en una conversación, algunas veces simulaba que había olvidado algún detalle de lo que estuviera contando, se quedaba callado, pensando, hasta que mi abuela se lo decía con una broma del tipo «Estás peor que yo de la cabeza». Al principio me preocupé y pensé que el abuelo podía tener algún tipo de demencia, pero lo descarté cuando descubrí que esos olvidos no se producían cuando mi abuela no estaba. Pensar en eso me hizo sonreír.

Llegué al Castillo y seguí caminando para ver Cuenca nevada desde la carretera. En la cabeza se me empezaba a acumular la nieve pero no me importaba, no sentía frío. Estaba totalmente absorto por mis pensamientos.

Recordé la treta de mi abuelo para andar más despacio por la calle y así adaptarse al ritmo de la abuela. Los dolores simulados, la visita al doctor y amigo de toda la vida, la ecografía falsa y la consulta en la que el doctor, saltándose todos los principios deontológicos, les informó de que el abuelo tenía una artrosis fuerte. Les informó que no era nada grave ni que fuera a suponer un problema pero que debía empezar a  andar más despacio, tomar una medicina y hacer tablas de gimnasia en casa. Tablas que el abuelo hacía religiosamente aun sabiendo que no le hacían falta y medicinas que eran sustituidas por un placebo que les daba un familiar. 

Llegué a la primera curva de la carretera y, con bastante precaución y usando la linterna del móvil, me acerqué a la valla de madera para ver el espectáculo del Convento de San Pablo, el puente, las casas colgadas y la catedral nevados. Era algo precioso. 

Después de unos minutos sentí algo de frío y decidí que tenía que volver. Lo hice despacio, disfrutando de una ciudad que era sólo para mí. Bajé por la calle San Pedro, pasé por la Plaza mayor y seguí por la Calle Alfonso VIII para ver las casas de colores que me habían encantado desde niño. Casas que había pintado cientos de veces con diferentes materiales.

Volví a pensar en mi abuela y en la promesa. Tenía que decidir lo que iba a hacer porque la abuela era terca y no olvidaba las cosas. Sabía que en unas horas me iba a exigir que le jurara lo de la residencia. Y yo soy una persona de palabra, si lo juraba lo iba a cumplir. La situación me rompía el corazón. Sabía que si no lo juraba iba a decepcionar a mi abuela, se iba a entristecer y probablemente ella comenzara a pensar que la quería proteger de algún tipo de empeoramiento que ella desconocía. Pero si lo juraba y ella me lo pedía iba a tener que iniciar una lucha con mi abuelo para convencerle de que ella debía entrar en una residencia. Y me temía que mi abuela lo pidiera sin ser necesario, incluso al día siguiente. Y eso era injusto e inutil porque era cierto que el abuelo había cambiado sus hábitos para que ella estuviera mejor, pero también era cierto que los dos eran autónomos y seguían viviendo felices. No encontraba ninguna solución. 

Llegué a la casa cerca de las cuatro de la mañana. De repente noté todo el frío y el cansancio acumulados y empecé a subir las escaleras rápidamente para pegarme una ducha caliente.  

Me desperté desorientado y un poco adormecido, me costaba pensar y tenía un fuerte dolor de cabeza. Fue un despertar muy lento y extraño. Abrí los ojos y me costó reconocer dónde estaba. Era una habitación de hospital conectado a un par de máquinas, con un goteo y la cabeza vendada. Cuando se me pasó la sorpresa busqué el pulsador para pedir atención. Al rato apareció una enfermera.

—Veo que te has despertado —dijo con una gran sonrisa.

—¿Qué me ha pasado? ¿Por qué estoy aquí? —me costaba hablar.

—Tuviste un accidente, te caíste por las escaleras y tienes un traumatismo craneal, pero no te preocupes, estás fuera de peligro. En unos días te habrán dado el alta y podrás hacer vida normal.

—Pero ¿qué pasó?

—Hace unos días de madrugada te caíste por las escaleras. Tu abuela lo oyó, salió a buscarte y mientras te intentaba reanimar gritó a tu abuelo para que llamara a emergencias. Te salvaron la vida.

—¿Mis abuelos me salvaron?

—Sí, tu abuela logró parar algo la hemorragia mientras llegaban los de urgencias. Ya te lo contará ella, viene todos los días un par de veces, en un rato estará aquí. ¿Necesitas algo?

—No, gracias. ¿Fue muy grave el accidente? ¿Tendré secuelas?

—Fue bastante grave, el traumatismo es fuerte y perdías mucha sangre. Pero no vas a tener secuelas. Ahora estate tranquilo, necesitas descansar un poco más. Luego vendrá el médico a verte y te explicará todo.

—De acuerdo, gracias. Por favor, dígale que venga pronto.

—Sí, no te preocupes. Ahora le aviso. Intenta no moverte mucho, el vendaje de la cabeza está muy apretado, pero tiene que estar así. Es posible que el dolor se incremente, si es así llama para que te subamos la dosis de calmante.

Me quedé totalmente perplejo. Lo último que recordaba era el paseo que había dado, la vuelta a casa y subir las escaleras. 

No sé el tiempo que pasó, creo que poco, diez o quince minutos. Llamaron a la puerta y entró mi abuela con sonriendo y emocionada.

—Ya me han dicho que te habías despertado. ¡Vaya susto nos diste! ¡Qué alegría que estés bien!

Me dio un beso fuerte en la frente y nos abrazamos llorando.

—¿Qué paso? —pregunté.

—Hace dos días te fuiste a dar un paseo por la noche, ¿lo recuerdas?

—Sí, recuerdo todo hasta que empecé a subir las escaleras. 

—Eso es, me alegro de que te acuerdes de todo. Estaba dormida y oí como te caías. Salí corriendo y te vi tirado en las escaleras. Estabas inconsciente. Grité al abuelo para que se despertara, cogí unas toallas y te las puse para que dejaras de sangrar. El abuelo llamó a la ambulancia. Nos dieron más instrucciones y llegaron muy rápido.   

—Me salvasteis la vida. 

—Los médicos te salvaron. Y la suerte ayudó. Parece que no fue muy grave y que podrás hacer vida normal. 

—¿Por qué he estado dormido tanto tiempo?

—El golpe fue muy fuerte. Los médicos preferían tenerte sedado hasta que estuvieras totalmente estabilizado. 

—Estoy un poco asustado.

—No te preocupes, se te pasará pronto, cuando el médico te cuente todo te vas a quedar más tranquilo.

—¿Qué tal tú y el abuelo?

—Los dos bien, el abuelo llegará en un rato que se ha ido a hacer no sé qué. Yo me encuentro mejor y más animada.

La observé con calma. Me dio la impresión de que hablaba algo más rápido y que se movía algo mejor, incluso movía algo mejor la cara. No estaba seguro de si era real o me lo estaba imaginando. Estaba muy confundido.

—Antes de que venga el abuelo tenemos que hablar de la promesa.

—Abuela, no sé si es el momento. Yo te veo bien, es una tontería darle vuelas a lo que puede pasar. Mejor dejar de pensar en esas cosas, ¿no?

—A eso me refería. Tu accidente fue como una revelación. Me he dado cuenta de que estoy mejor de lo que pensaba, tengo mis limitaciones pero no son graves. Estoy afrontando todo con más optimismo y energía. Sé que me queda mucho por recuperar, pero estoy segura de que lo voy a lograr. 

Me volvió a dar otro abrazo que duró mucho tiempo. Ninguno de los dos nos queríamos separar. 

Me parecía un milagro que mi accidente hubiera provocado una mejora en mi abuela. Sentí alegría por haber tenido el accidente, había merecido la pena. Fue la primera vez en mi vida que sentí amor con mayúsculas.

Fata morgana

«Es cierto, se puede viajar en el tiempo desde esta isla». Llevaba una semana de vacaciones en la isla cuando el viejo pescador me lo confesó.

Había trabajado sin descanso siete meses cubriendo las Olimpiadas de Barcelona y la Expo de Sevilla. Más de medio año en el que abandoné todo por la fotografía. En octubre decidí ir de vacaciones a sitio tranquilo para aislarme un poco, comer bien, bucear, hacer fotos y dormir. Alguien me habló de Tabarca. Era el sitio perfecto.

Los días empezaron a pasar despacio, me levantaba tarde, desayunaba con calma y me iba a bucear. Cuando me daba el hambre me metía en alguno de los restaurantes y comía bien, después me echaba una siesta y por la tarde paseaba por la isla o por el pueblo. Cenaba en algún sitio y me iba a pasear y a ver las estrellas. No paraba de hacer fotos, disfrutando de la preciosa luz que hacía que la isla pareciera diferente en cada momento del día.

A los dos días los habitantes de Tabarca me tenían localizado, era una rareza allí. No tardaron en empezar a preguntarme sobre mí y el motivo de estar allí. Pero yo no tenía muchas ganas de compartir mi dolor así que contestaba con evasivas.

Al tercer día madrugué para ver la isla al amanecer. Estaba en el puerto haciendo fotos cuando llegó un bote de pesca. Me acerqué a verlo y empecé a charlar con el pescador. Calculé que tenía mi edad, cerca de cuarenta años. Estaba en forma «De remar con el bote y pescar» dijo y, aunque bronceado, no tenía demasiadas arrugas «Me cuido» aclaró enseñándome crema solar de 50. Hablaba poco, pero eso a mí me venía bien porque yo tampoco tenía muchas ganas de conversar. 

Se interesó por mi equipo de fotografía «Parece caro. ¿Eres profesional?». Le mentí diciéndole que no pero que me gustaba mucho hacer fotos. Le acompañé a vender el pescado a un par de restaurantes y nos tomamos un café. Si quieres hacer fotos originales esta tarde salimos a navegar y te enseño algo».

Me pareció una oferta muy buena, a las cinco estaba en el puerto. Nos alejamos de Tabarca en dirección a Santa Pola, íbamos en silencio, mirando hacia la costa. De repente Juan me dijo «Mira a Tabarca». Me giré y la imagen me sorprendió, tuve que cerrar un par de veces los ojos para asegurarme de que no soñaba. «No te falla la vista» dijo divertido «Es la Fata Morgana». La isla estaba suspendida en el aire, parecía como si flotara. «Pasa los días calmados cuando el aire viene frío de la costa». Saqué la cámara y empecé a hacer fotos. Después de un rato Juan empezó a maniobrar. «Con la puesta de sol detrás de la isla te va a gustar más». Por supuesto, tenía razón. 

Cuando volvíamos al puerto Juan me dijo «He visto como cuidas la cámara y haces las fotos. Tú no eres un aficionado». Le conté mi sentimiento de soledad, pero sin mencionar a María y le expliqué que por eso estaba en Tabarca. Cuando llegamos al puerto se había generado una amistad fraternal entre nosotros. 

En los siguientes días alternaba los días relax con levantarme pronto e irme con Juan a pescar. Esto último exigía mucho madrugar y trabajo duro, pero me sentía muy bien compartiendo con él los silencios y el esfuerzo.

La gente de la isla ya me tomaba por uno más, estaban acostumbrados a verme y a charlar conmigo. No digo que me hubieran aceptado como a un vecino, creo que me cuidaban como a un animal apaleado que hubiera llegado por error a la isla. Porque es cierto que mi estado de ánimo era pesado y triste. La isla me ayudaba a no caer más profundo en el abismo, pero salir a flote era algo mucho más lento.

Uno de los días en los que estaba paseando por el puerto vi a con una señora vieja que estaba remendando redes. No veía, palpaba las cuerdas y cuando descubría algún trozo estropeado lo arreglaba. Me quedé mirándola a unos metros de distancia, no quería interrumpirla. Levantó la cabeza y me miró.

—¿Eres el fotógrafo?

—Sí, perdone que me haya quedado mirando. Me daba la sensación de que era ciega —según lo dije me pareció un poco brusco.

—Lo soy. Te ha delatado el olor —dijo sin tono de estar molesta.

—Disculpe. No quería molestar.

—No lo haces, tu olor no es malo, sólo es distinto. Aquí todos olemos a mar. No importa lo mucho que nos aseemos, nuestros ancestros llevan aquí generaciones y el mar nos impregna. Es un olor maravilloso. ¿Quieres sentarte?

Lo hice y se puso a hablarme de la vida en la isla y de su historia. De los 269 habitantes que poblaron la isla en el Siglo XVIII que venían de la cuidad de Tabarka y que eran los ancestros de casi todos los habitantes de vivían allí ahora. 

De repente paró de remendar las redes y me miró a los ojos. Los suyos eran oscuros, pero con unas vetas verdes esmeralda, nunca había visto unos ojos así. 

—¿Por qué estás aquí?

—He pasado una mala época y necesito tranquilidad y estar alejado del mundo.

—Tendrías que ir al islote de Tabarka.

—¿Cuál? ¿La Galera? ¿La Cantera? ¿La Nao?

—No, el de Tabarka en Túnez.

—Sí, el lugar del que vienen sus antepasados. Lo tendré en cuenta para otro viaje.

—Creo que deberías aprovechar este.

—No sé si tengo suficientes días ni presupuesto, pero lo pensaré.

—Eres una persona noble que tiene problemas. Has llegado aquí y te has mezclado con nosotros. Te apreciamos. Te mereces que te cuente algo.

«Los primeros habitantes de Tabarca llegaron en el Siglo XVIII procedentes de la Isla de Tabarka de Túnez. La gente cree que llegaron 269 pero en realidad fueron 267. Una de las personas que llegó era una mujer que venía inconsciente, comida por la fiebre, todo el mundo pensaba que iba a morir. En sus sueños siempre preguntaba por sus hijos, pero ella iba sola, todos asumían que lo que decía era producto de la fiebre. Cuando despertó preguntó por ellos, pero nadie los había visto. Si eran reales se habían quedado en Tabarka. La mujer casi enloqueció con la pérdida, se pasaba el día paseando por la playa y llorando. Una noche desapareció, todos pensaron que se había ahogado en el mar. Volvió a los dos días con dos niños. Contó que había deseado con toda su alma recuperar a los niños, que se quedó dormida en una cueva y se despertó en una cueva en Tabarka, sus niños estaban en la playa que había delante de la cueva. Pasaron el día en la isla y por la noche volvieron a dormir en la cueva. Cuando amaneció estaban los tres aquí».

Al día siguiente salí a navegar con Juan y le hablé de la remendadora ciega. Me miró atentamente y me dijo 

—Así que la has visto. 

—Sí, ¿es que sale poco? —me había sorprendido el comentario.

—Es difícil verla, es un espectro. Muy pocas personas la han visto. ¿Qué te contó?

Le miré con una sonrisa pero su semblante no daba lugar a dudas, creía en lo que decía.

—La leyenda de la isla de Tabarka —dije.

—Entonces es que sí que has perdido a alguien.

—¿Por qué lo dices?

—Porque ella sólo cuenta eso a las personas que tienen dolor por una perdida.

—¿Para qué?

—Para que puedan recuperar a la persona que han perdido. ¿Tú has perdido a alguien?

Y le expliqué mis problemas con María. El amor que habíamos tenido y que yo había estropeado por mi obsesión con la luz y la fotografía. Mi oportunidad de trabajar en las Olimpiadas y la Expo, el distanciamiento que eso supuso, su carta de despedida, la imposibilidad de encontrarla en ningún sitio.

Se quedó pensativo.

—Entonces sigue la leyenda y encuéntrala.

—¿Insinúas que desde aquí se puede viajar en el tiempo? —dije riéndome.

—Es cierto, se puede viajar en el tiempo desde aquí. Si lo crees de verdad y quieres a María —Dijo muy serio. 

Viró y volvimos a tierra en silencio. Juan estaba molesto con mis dudas y yo estaba desconcertado. Mi mente racional me decía que me estaban tomando el pelo, pero había algo que me empujaba a intentar saber si era cierto. Y descubrir si eso me podía devolver a María.

Aquella tarde me decidí a intentarlo, no perdía nada. Busqué la caverna que me había descrito la remendadora, me senté y me puse a mirar el mar. Comí algo de lo que llevaba y me arremoliné en el saco de dormir. Después de un rato empecé a pensar si volver al hotel, lo de la leyenda tenía que ser una tontería. Pero el sonido del mar me meció hasta quedarme dormido.

Me desperté muy descansado pero con la sensación de haber sido un crédulo tonto. Me desperecé, recogí las cosas y salí a la playa. Una playa distinta, eso no era Tabarca. 

«¿Qué haces aquí? ¿Cómo me has encontrado en Túnez?». Escuché la voz de María antes de verla. 


El otro mar

Hasta que no ves a tu hijo de veintipico años llorar no sabes lo que es la verdadera tristeza. Yo la descubrí ayer. El mar nos había regalado un día tranquilo, creo que para compensar la semana de tormentas que nos habían castigado en los días previos. 

El mar, nuestro mar, el que creemos que poseemos pero al que, en realidad, pertenecemos. Juega con nosotros como un pescador experto lo hace con un pez grande que se le resiste. Suelta hilo, tira del sedal, vuelve a soltar hasta que logra que se rinda. Así nos trata el mar. 

Cuando salimos de casa es todavía de noche así que no lo vemos. Lo primero que nos ofrece es su olor. Por supuesto, olor a salado, eso siempre, pero también nos manda otros matices como algas, pescado y olores más sutiles, como frescura, o fuertes, como podredumbre. Normalmente mezclados.

Poco después nos llegan sus sonidos, los lejanos cuando se forman las olas y el viento las levanta y los más cercanos cuando las olas rompen contra los acantilados. Indicándonos el día que vamos a tener.

Los días de luna llena seguimos con su luz los senderos, cuando hay más oscuridad utilizamos las lámparas de aceite porque nos gusta la luz que desprenden y las formas que generan a nuestro alrededor.

Siempre vamos en silencio, cargados con las mochilas en las que guardamos los enseres y la comida. Disfrutando de la tranquilidad antes de enfrentarnos al mar. Somos de poco hablar, preferimos reflexionar. 

Tranquilos, pensativos, temerosos. Incluso relajados. Hasta que llegamos al borde de los acantilados, ahí el mar cambia nuestro espíritu. El estruendo que provoca al chocar con las paredes verticales, el fuerte olor y las gotas que nos salpican son avisos para que no nos acerquemos a robar su tesoro, pero nosotros le retamos. Lo necesitamos para vivir.

Sacamos los utensilios y saludamos a los compadres que trabajan el percebe. Breves comentarios sobre el tiempo y el mar. Pocas bromas. Alguno de nosotros puede no volver de los acantilados.

Luchamos contra el mar, el viento y el miedo durante horas. Esquivando olas, siendo arrastrados por el viento, colgados de cuerdas de las que dependen nuestras vidas, acuchillando las rocas para sacar los percebes. No robamos, nos lo ganamos.

Volvemos a casa cansados y abatidos. El camino de regreso es el peor, la adrenalina nos deja y sólo queda el cansancio y la alegría de haber logrado aguantar un día más. Uno como los cientos que hemos vivido y los que vendrán. 

Hasta ayer. Sentado cerca de la estufa junto a mi único hijo que cumplirá veinticinco la semana que viene le vi llorar. A borbotones, de forma silenciosa. Las lágrimas le caían sin ningún tipo de control, dejando las páginas de un libro arrugadas como si les echase vasos de agua. No sé el tiempo que llevaba llorando.

—¿Qué te pasa?

—No puedo más, no lo aguanto.

—¿Es el miedo?

—No, es la soledad. 


El trato

“Yo te puedo hacer rico y famoso. Nadie lo necesita más que tú”. No se podía quitar esas frases de la cabeza, tampoco al extraño hombre con aspecto turbador que se las había dicho. Inicialmente lo había tomado un por loco y se había alejado rápidamente, pero a medida que pasaban las horas, cada vez pensaba más en él y en su propuesta.

Subió al apartamento despacio, como hacía siempre, queriendo retrasar lo máximo posible el momento de entrar. Mientras subía ya no contaba el número de escalones, ni el de desconchones de las puertas, ni las pintadas de las paredes. Hacía tiempo que se había cansado de ese juego que ya no le servía para dejar de pensar en la miseria que le esperaba dentro de su casa. Abrió despacio la vieja puerta de madera en la que la llave navegaba dentro del gran hueco de la cerradura. Siempre tenía cuidado al girarla con la certeza de que, en cualquier momento, el bombín se quedaría enganchado y saldría con la llave. Entró y volvió a sentir el olor a suciedad y humedad que despedía su apartamento. Recordó que algún vecino se había quejado, pero le dio igual, no le importaba lo que los demás dijeran y menos las críticas de ese grupo al que consideraba caterva de cotillas perdedores. 

Se quitó con desgana el abrigo y lo tiró en una silla. Hasta hacía algún tiempo lo dejaba en la mesa, pero ya estaba demasiado sucia para poder poner nada. Abrió la botella de anís y se sentó en el viejo sofá a beber, intentando no pensar en nada, buscando lograr que el sueño le venciera para olvidar el dolor que le provocaba su truncada vida. Quería dejar atrás un día más.

Tuvo una noche febril, con múltiples sueños entrecortados relacionados con el hombre que le había abordado en la calle. Soñaba que estaba en algún sitio, se encontraba con el hombre que le ofrecía fama y dinero, él aceptaba y el hombre se transformaba en un extraño animal. Se despertaba sobresaltado. Inmediatamente se volvía a dormir y soñaba que estaba en otro sitio, que el hombre aparecía, le volvía a ofrecer todo lo que quisiera, él aceptaba y el hombre se transformaba en un monstruo. Para volver a tener otro sueño similar. 

A las tres de la mañana no podía aguantar más. Se puso el abrigo y salió a la calle en un estado de letargo provocado por los restos del alcohol, la falta de sueño y las ideas confusas que le provocaban los sueños.

Divagaba perdido en sus pensamientos sin seguir un rumbo fijo. Según pasaban las horas una idea empezó a tomar forma en su alma. Él no era una persona creyente y todos los temas de brujas, diablos, espectros y similares siempre le habían parecido tonterías para asustar a los crédulos. Eran cuentos para amedrentar a las masas. Él estaba por encima de todo eso. Finalmente, la idea se hizo nítida: Todo tenía que ver con un pacto, un pacto con el diablo. No sabía cómo había llegado a esa conclusión tan ajena a su pensamiento racional, pero estaba seguro de que era verdad. 

Dudaba si realmente había visto a ese hombre o si era parte de sus sueños y delirios. Pero tenía claro que, si era cierto que el diablo existía, estaba dispuesto a pagar cualquier precio por el dinero y la fama. La posibilidad de salir de su humillante vida era un sueño demasiado bonito. 

Levantó la cabeza y lo vio. 

Inicialmente dudó si era él, estaba de pie en una zona de penumbra y era difícil distinguirle. El espectro se movió a una zona con algo más de luz y pudo verlo mejor. No destacaba por nada especial, vestía con un abrigo largo y llevaba un sombrero y guantes para protegerse del frío. Se acercó un poco más y pudo observar sus facciones, no eran especialmente llamativas. Cualquiera podría cruzarse con él por la calle y no reparar en él. Salvo por la mirada. La mirada era turbadora, sus ojos grises oscuros tenían un centelleo amarillo poco perceptible si no lo observabas con detenimiento. Y, si lo hacías, te daba miedo. 

Y esa mirada se clavó en él. Bajó los ojos instintivamente y estuvo a punto de volver a alejarse de esa presencia maligna. Pero no lo hizo, estaba paralizado, no podía moverse. O quizás no quería moverse. Tampoco sabía qué decir. Simplemente esperaba, aunque no sabía realmente a qué. Fue el espectro el que comenzó a hablar.

—En realidad da igual lo que yo sea, lo importante es lo que te puedo ofrecer. 

—No estoy seguro de entender lo que está pasando.

—Yo creo que sí lo entiendes. Pero es difícil asimilarlo.

—Asimilar ¿el qué?

—Que pueda existir una oportunidad de que salgas de la bazofia de vida en la que vives y que esa oportunidad te la de yo.

—Es que no sé quién eres.

—Sí lo sabes, pero no lo quieres reconocer. En todo caso, como ya te he dicho, eso es poco importante. Lo importante es saber si quieres cambiar.

—Que haya un milagro y me vuelva rico y famoso.

—Prefiero que no lo llames milagro. La clave es ¿Quieres coger la oportunidad?

—No lo sé, estoy confundido, necesito tiempo para entenderlo.

—No lo tienes, debes aceptar mi oferta en esta conversación o no me volverás a ver. Sé que estás desesperado así que no me voy a arriesgar a que lo pienses y no decidas que no aceptas.

—¿Por qué es tan importante que acepte?

—Porque te voy a pedir algo a cambio.

—Y, ¿qué es?

—Si aceptas vivirás con fama y dinero el resto te tu vida. Pero los últimos seis meses de ella me obedecerás en todo.

—¿Qué significa eso?

—Que harás todo lo que yo te pida inmediatamente y sin dudarlo. Sin cuestionar nada ni protestar. Simplemente lo harás.

—¿Qué pasará si no lo hago? 

—Sufrirás mucho dolor y morirás.

—Las cosas que me vas a pedir ¿Me harán daño a mí?

—Eres una persona inteligente, detallista y rápida, por eso me gustas. No, no te dolerán.

—¿Para qué necesitas que haga cosas? ¿No las puedes hacer tú?

—Ese no es tu problema —el espectro se empezaba a impacientar.

—No te enfades. Tengo otra pregunta. ¿Cuánto tiempo me queda de vida?

—No lo sé, eso no me importa.

—Déjame pensarlo por lo menos un día.

—Creo que no has entendido nada. Conmigo las cosas no se negocian. He venido porque sé que me necesitas y que puedes ayudar. No voy a perder más tiempo contigo. Si quieres cerramos en trato. Si no aceptas me voy, no me vuelves a ver y sigues con la mísera vida que tienes. No le des más vueltas. Comienza a amanecer, yo en un rato me voy.

El hombre estaba turbado. No sabía si lo que estaba viviendo era un sueño o realidad. Aunque quizás eso tampoco importara tanto, en cualquiera de los casos era una gran oferta que daba miedo. Estaba claro que el espectro era el diablo y que deberle algo imponía respeto, pero también era cierto que su vida era insoportable. Sabía que no podía seguir viviendo así mucho tiempo. Incluso recordó momentos no lejanos en el tiempo en los que había jugado con la idea del suicidio. No tenía nada que perder.

—De acuerdo —dijo bajando la mirada.

—Si quieres aceptar tienes que mirarme a los ojos y decírmelo con seguridad.

Levantó los ojos y los fijó en la del espectro.

—Acepto el trato.

El gris de los ojos del espectro desapareció paulatinamente, el color amarillo cada vez era más grande y empezó a tener vetas rojas. Soltó una carcajada que heló la sangre del hombre.

—¡¡¡Te arrepentirás de este trato!!!

Y desapareció.


La búsqueda

“Aquí vas a estar muy bien papá, son sólo un par de meses y seguro que retomas la ilusión de escribir. Mándame lo que hagas”. Me lo dijo con una sonrisa forzada que intentaba parecer cariñosa pero que era falsa y urgente. Me dio la dirección del hotel de lujo al que se iban de vacaciones y salió rápidamente. 

Quizás sí que era la oportunidad de volver a recuperar la ilusión por escribir así que subí a la habitación y me senté dispuesto a recuperar las palabras. La mesa en la que apenas cabía mi cuaderno no ayudaba, pero tenía que intentarlo. Dediqué mucho tiempo, aunque no lograba escribir ni una palabra, esa habitación tan pequeña me secaba el cerebro.

Necesitaba más amplitud, bajé a lo que denominaban sala de esparcimiento en la que viejos decrépitos intentaban hacer cualquier cosa que requiriera poca atención. Me senté en una mesa apartada e intenté escribir. Las ideas venían a mi cabeza, pero no lograba hilvanarlas porque sufría continuas intervenciones de pacientes que se despistaban o de enfermeros que, falsamente, se interesaban por lo que estaba escribiendo.

Podía salir durante el día del geriátrico, al fin de cuentas no era un interno sino sólo un inquilino temporal, así que cogí un taxi y me fui a mi casa. El lugar en el que había desnudado mi alma en forma de libros. Ese era el sitio, ahí lograría recuperar mi don. Entré ilusionado buscando los espacios que me iluminaban. 

Subí al ático con panorámica sobre la sierra, pero no encontré ninguna mesa en la que escribir porque mi hijo lo había transformado en su habitación, bajé al salón con chimenea que tenía una vista preciosa del jardín pero la habían convertido en una sala de juegos, entré en la cocina antigua de madera que me recordaba a mis ancestros para descubrir una horterada moderna que no transmitía nada. Era mi casa, la que me había inspirado durante años, no podía desvanecerse. ¿Era mi casa? Claro que era mi casa. ¿Era mi casa? Pensé mucho sobre eso. ¿Era mi casa? Definitivamente ya no era mi casa. 

Surgió como un favor de mi hijo tras la trágica muerte de mi mujer. Fue paulatinamente, empezó por días de barbacoa, siguió con estancias de fin de semana y terminó con venirse a vivir porque cambiar a los niños al colegio de cerca de mi casa era garantizar su futuro. Sin haberlo pedido me encontré con mi hijo y su familia viviendo en mi casa. 

Soy el propietario de mi casa, pero ya no es mía. Y no logro escribir. Fui perdiendo la capacidad de forma paralela a la que mi hijo y su familia pasan más tiempo en mi hogar. Por mi bien, poco a poco, sin preguntarme si les necesitaba, simplemente asumiendo que la soledad era mala para mí y aprovechándose económicamente de la situación. Ocupando mis espacios, expulsándome de  los lugares que me inspiraban para terminar relegando mi existencia al pabellón de invitados, un lugar bonito pero sin alma. Donde dejé de escribir.

Se ha hecho el milagro, se lo tengo que contar a mi hijo:

Querido hijo,

He recuperado las ganas de escribir, esta carta la redacto viendo un amanecer maravilloso junto al mar, inundado de momentos buenos que he vivido. 

He vendido mi casa, ya no la sentía mía. Me la robasteis poco a poco y con ella mi alma. Todas vuestras cosas están en un almacén en el que os las guardarán hasta que encontréis una casa.

Te pido disculpas por no haber sido capaz de educarte bien.

Te quiero,

Papá.


No me juzgues

Sé que me consideráis un criminal, una persona abominable, alguien que no debería haber nacido, un excremento de la sociedad, un monstruo salido de un cuento de terror, el protagonista de la película más gore que os podáis imaginar, un loco que no controla sus instintos, un psicópata sin ninguna capacidad emocional, un animal sin escrúpulos de quien se contará su historia con repulsión durante los próximos años. Os repugna pensar en mí y en lo que he hecho sin, ni siquiera, darme la oportunidad de explicaros que estáis equivocados; porque lo estáis y os lo voy a demostrar.

Estamos en mundo en el que es mejor llevar cascos para aislarse que  escuchar la pregunta de alguien que está perdido y necesita ayuda en la calle, en el que es mejor mirar el móvil que disfrutar de las maravillosas imágenes que nos regala la vida todos los días, en el que a la gente se le ha olvidado de que sonreir por la calle alegra a los demás así que prefiere ir con cara seria, en el que las noticias trágicas se han convertido en el pan nuestro de cada día dejando las buenas noticias como anécdotas, en el que las catástrofes de hoy se olvidan mañana y quedan tapadas por noticias vanas, en el que no hay suficientes ONGs para ayudar a todos los necesitados mientras se dilapida dinero en cosas innecesarias, en el que los gobiernos sólo piensan en perpetuarse aunque dejen herencias como losas para las próximas generaciones, en el que los políticos son unos ineptos que sólo piensan en ellos mismos, en el que cada vez las personas están más radicalizadas por la política, la religión, la raza o los equipos de fútbol, un mundo que nos estamos cargando a gran escala mientras rellenamos pequeñas bolsas de colores, en el que la gente prefiere entretenerse con memes que investigar la veracidad de lo que les cuentan, un mundo en el que la inmediatez es más prioritaria que la verdad, un mundo en el que hay gente que se mata por hacerse un selfie en un acantilado y es incapaz de llamar a un ser querido que está solo, en el que es más importante que la gente vea dónde estás que disfrutar el momento que vives, en el que dejamos que las aplicaciones nos recomienden la música, las películas y los sitios para visitar, un mundo en el que los maestros han pasado de ser Dioses que nos iluminan a personajes indefensos en manos de padres que malcrían a sus hijos, en el que a los jóvenes les da verguenza demostrar amor a la familia, en el que se ha perdido el respeto a las personas mayores, un mundo en el que se prima el minuto de fama versus el trabajo honesto y constante, en el que se admira más el triunfo rápido que sólo beneficia a una persona que el lento que mejora la sociedad, en el que los pensamientos un influencer de veinte años sin ningún peso cultural marcan más a los jóvenes que los muchos sabios que llevan décadas estudiando y razonando, un mundo en el que cada vez hay más diferencias sociales sin que eso importe a la gran mayoría y, lo peor de todo, un mundo en el que cada vez la gente esconde más la cabeza debajo del ala.

Como personas sensibles que sois, este mundo os gusta tan poco como a mí y sé que comprenderéis que el amor a mis hijos me hizo evitar que vivieran en esta ciénaga.


Mi naturaleza

¿Qué coño se pone una para ir a la inauguración de una exposición? “Algo elegante pero recatado” había dicho Elvira. La única chica de 25 años que hubiera usado el adjetivo recatado. Yo de elegancia iba sobrada pero un viernes por la noche no me ponía nada recatado. Me calcé el vestido ceñido negro y lo combiné con unos botines con un buen tacón.

Mientras me arreglaba reflexioné sobre el marrón que me esperaba. ¿Cómo podía estar metida en eso? Por buena y por tonta. Por querer mucho a Elvira y dejarme convencer fácilmente. En gran plan del viernes era quedar con Luis, el futuro marido de Elvira al que no conocía, a ver la inauguración de una exposición. Un cúmulo de mala suerte hacía que él estuviera en Madrid sin conocer a nadie y que Elvira no llegara hasta el domingo. Necesitaba que alguien le acompañara a la inauguración. Y me tenía que elegir a mí. La díscola, la loca, la que se mete en problemas, la inconsciente, la que vive la vida según viene, la que no piensa las cosas, con más ligues de una noche que seguidores en instagram. La mejor amiga de Elvira. Lo contrario a la chica perfecta que era ella: trabajadora, organizada, con autocontrol, de novios formales, reservándose para el matrimonio. Al salir me miré al espejo. Menudo pibón poco recatado

Luis me estaba esperando en la puerta. Según lo vi me dieron ganas de irme. Me recordó lo que pensaba cuando lo veía en Instagram: que debía matar a muchos diabéticos con el empalague que transmitía. Pensé que iban a ser dos o tres horas horribles. Como de costumbre, me equivoqué.

Según pasaba el tiempo me di cuenta de por qué Elvira y Luis se querían tanto. Tenía todas las cualidades que me hacían que Elvira fuera mi mejor amiga: educado, inteligente, solícito, de buena conversación, culto y con un humor muy fino. Una de esas personas con las que conectas de inmediato y te sientes a gusto. Según pasaba el tiempo veía aumentar el peligro. Pero me dejaba llevar. Quizás demasiado.

“Esto se está volviendo aburrido, ¿vamos a tomar una caña a algún sitio?”, me dijo. “Me tengo que ir en un rato, casi mejor lo dejamos para otro día” contesté. “Claro. Tengo que ir al baño. Piénsatelo y cuando vuelva me dices si has cambiado de opinión”. Y se fue.

Tenía que salir corriendo de allí. Si me tomaba una sóla caña íbamos a acabar liados. Lo sabía. Me lo notaba yo y se lo notaba a él. No tenía el perfil de golfo que pone cuernos pero en ese momento estaba totalmente descontrolado. No íbamos a ponernos a salir, no era mi tipo ni yo persona de tener relaciones de más de una noche. Pero nos íbamos a pegar una buena sesión de sexo. Tenía que irme. Elvira no se merecía eso. La quería mucho. No merecía la pena. No quería otro terrible error en mi larga lista. Le dejaba ahí y me iba a tomar algo con unas amigas. Ni una caña o lo volvía a estropear todo.

Me desperté a las 12. Di vueltas en la cama unos minutos recordando la noche anterior y encendí el móvil. Tenía un Whatsapp de Elvira “¿Qué tal anoche?¿Fuísteis buenos? ;-)” y le contesté inmediatamente “Te va a costar creerlo pero te he hecho el favor de tu vida. Te has librado de un amante pésimo. Y si, a estas horas  no te ha contado nada, también de un cobarde de mierda”.

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